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CICA

CENTRO DE INTERPRETACION DEL CINE DE ASTURIAS

Más allá de las pantallas, la magia del cine ocupa un lugar privilegiado en el Casino de Asturias. Espacios dedicados a la historia de nuestro cine, con exposiciones permanentes y temporales, mediateca,zona de proyección, sala de conferencias y, por supuesto,un atractivo programa de actividades relacionadas con el séptimo arte.

 

17 DE FEBRERO, LUNES, A LAS 19:30 H

El kimono rojo. USA: 1959. 82 mins. Dir.: Sam Fuller. Con : Victoria Shaw,  Glenn Corbett,  James Shigeta,  Anna Lee,  Paul Dubov. Un film apasionante para el amante tanto del thriller como del cine social y del melodrama, porque plasticidad, que enseguida nos pone en la pista, con el asesinato de una bailarina de streptease en plena calle, de un thriller que intuimos de poderoso recorrido y lleno de enigmas, porque la puesta Fuller se lía la manta a la cabeza y comienza un thriller que deriva hacia la crítica social y acaba en magnífico melodrama, y todo ello, sin despeinarse, como quien dice. Lo curioso es el brioso comienzo en escenarios naturales, Los Angeles, sobre todo con planos nocturnos de indudable en escena permite unos encuadres llenos de detallismo que alertan a los espectadores del laberinto en que la cámara nos va a introducir inmediatamente. A medida que la pareja de policías, amigos fraternos y compañeros en la Guerra de Corea, uno de ellos de origen japonés, entra en escena y comienzan las pesquisas, advertimos que se va a desarrollar una subtrama, la de su estrecha relación, que tiene que ver con la crisis en que entra cuando ambos acaban enamorándose de la misma mujer, a la que los ha conducido la única pista que tienen para descubrir el asesinato de la bailarina: el cuadro en el que esta aparece pintada con un kimono rojo, obra de una pintora, encarnada por la elegante y bellísima Victoria Shaw, de poco relevante carrera en Hollywood, sin embargo, pero quien cumple sobradamente con la exigencia que a la heroína le impone el género, si bien la mezcla de géneros decanta su actuación hacia la clave blanda del melodrama, en el que la lucha entre los dos hombres por ella adquiere una presencia mayor, por la tensión de la rivalidad masculina que tantas situaciones de violencia larvada permiten vivir. Que Fuller se desentienda completamente de la trama criminal -que se retoma al final con una desgana total y una falta de convencimiento absoluto- nos permite ahondar en el potente melodrama del trío protagonista, y ahí radica, con el factor racial de por medio, el más notable interés de la película, porque, en 1959, estamos a muy poco de que prenda la mecha del conflicto racial en Usamérica, cuya resonancia aun hoy alimenta las pantallas, como lo demuestra la película de Bigelow, Detroit, recién estrenada. Adviértase, a modo de anécdota reveladora, la terrible publicidad con que se anuncia la película: Una "agraciada" joven americana "en brazos" de un japonés. Ello nos permite advertir el valor transgresor de la película y el fuerte compromiso social antirracista del director. Dentro de la policía, la fraternidad caucásica y oriental se exhibe a través de la aceptación de las artes marciales japonesas, practicadas por los policías de ambos orígenes, en unas secuencias llenas de dramatismo y rodadas con un vigor extraordinario, como corresponde al sello característico del cine de Fuller, en el que la acción es ingrediente consustancial. Aquí, en El kimono Rojo, hay una indagación psicológica sobre la amistad, la culpa y la fidelidad a la tradición que nos sitúa, como ya digo, en el ámbito del melodrama, perfectamente representado por la pareja protagonista, que brilla a gran altura, aunque ninguno de los dos cuajó una carrera “estelar”. Los actores desconocidos para el gran público, y aun para los críticos, al menos para los amateurs, como mi menda visionanda, le dan a la película un aire inconfundible de magnificente serie B, aunque la poderosísima fotografía de Sam Leavitt -nominado para el Oscar a la mejor fotografía por Anatomía de un asesinato, de Preminger, rodada el mismo año, y que tuvo la mala suerte de competir con un Ben-Hur que arrasó con 11 estatuillas- lo impide y la coloca, por mérito propio, entre las grandes películas del género, hecha la salvedad, ya digo de que el caso policial funciona casi como un Macguffin en esta vibrante, hermosa y, en su tiempo, atrevida película.

18 DE FEBRERO, MARTES, A LAS 19:30 H

Bajos fondos. USA. 1961. Negro. Dir.: Sam Fuller. Con Cliff Robertson,  Dolores Dorn,  Beatrice Kay,  Paul Dubov,  Robert Emhardt,  Larry Gates,  Richard Rust,  Gerald Milton,  Allan Gruener,  David Kent,  Tina Pine,  Sally Mills,  Neyle Morrow. Magnífico thriller de Samuel Fuller en el que retrata de forma cínica y corrosiva el mundo de la mafia y la corrupción sirviéndose de la clásica historia de venganza. Tolly Devlin es un joven nacido y educado en los bajos fondos que se gana la vida como puede. Una noche presencia cómo cuatro individuos asesinan a su padre y decidirá que de ahora en adelante dedicará su vida a vengar su muerte. Siendo un adulto, es ingresado en la cárcel por forzar una caja fuerte y ahí dentro consigue encontrar al único de los cuatro agresores que pudo identificar aquella noche, quien le confiesa antes morir quiénes eran los otros tres. Al salir de prisión descubre que ahora son tres grandes mafiosos que controlan los sindicatos, la prostitución y las drogas. La única manera de acceder a ellos será introducirse en su organización.
Sin duda una de las mejores obras de Samuel Fuller. Una película cruda y visceral que bajo el pretexto de la venganza del protagonista nos muestra los bajos fondos y la corrupción que domina la sociedad. Fuller no escatima detalles en enseñarnos cómo la mafia tiene controlada a la policía y además actúa libremente bajo tapaderas. El director y guionista no se anda con medias tintas, como podemos comprobar en el discurso que hace el gran jefe mafioso a sus subalternos desde su cómoda hamaca al lado de la piscina: “Siempre habrá gente como nosotros, pero mientras no haya pruebas escritas, mientras en Proyectos Nacionales llevemos actividades legales, paguemos impuestos por ganancias legales, hagamos donaciones y organicemos rastrillos en iglesias… ganaremos la guerra. Siempre ha sido así.” Ya no estamos hablando sólo de drogas o prostitución, sino también de las máscaras que ocultan estas actividades delictivas.
En cierto momento del film el protagonista pregunta a uno de los matones más sanguinarios para qué sirve la piscina que se encuentra en el edificio de la organización y éste le explica que es para los jefes pero que, de vez en cuando, la abren para niños desfavorecidos por motivos benéficos. A continuación añade que una vez estuvo trabajando de salvavidas para esos niños y comenta sonriente cómo disfrutó del trabajo, lo cual nos hace pensar si ese joven de aspecto tan agradable no debería haberse dedicado a eso y no a matar gente.
Una de las virtudes que más me gusta de Fuller es que es un cineasta que va directo al grano. Sus películas podrán tener algunos defectos, pero la falta de ritmo nunca es uno de ellos. La forma como sintetiza todo lo que sucede en pocos minutos, mostrándonos solo los hechos más relevantes, hace que uno no pierda en ningún momento el interés. Lo que otro contaría en quince minutos, Fuller nos lo escupe en cinco y aún le sobra tiempo, pero sin precipitarse, simplemente centrándose en lo que importa y obviando el resto. Por ejemplo, de la estancia del protagonista en prisión durante varios años sólo vemos una escena en la celda en que pregunta por el hombre que busca, un par muy breves en que se ve cómo consigue trabajar en la enfermería de la cárcel para acercarse a él y finalmente la escena en que le arranca la confesión. Todo esto que representan varios años en la vida de Tolly, Fuller nos lo ha contado en cinco minutos. Aquí también queda patente su estilo tan visceral y descarnado, sin concesiones. El tipo de gente que retrata no tiene escrúpulos y él por lo tanto nos los retrata sin censuras en escenas como en la que un matón asesina fríamente a una encantadora niña.
Visualmente también se nutre de algunos recursos muy interesantes que enriquecen la obra con pequeños matices. Por ejemplo la protectora de Tolly, que vive rodeada de docenas de siniestros muñecos (y en un instante muy breve se nos insinúa que eso es debido a que no puede tener hijos), o el gesto que repite siempre el matón de la organización antes de asesinar a alguien: ponerse sus gafas de sol.A Fuller no le hacían falta elevados presupuestos o actores reconocidos para llevar adelante una gran película, él sólo se las apañaba con esas limitaciones para hacer una obra vibrante en la que además pudiera mostrarnos la descarnada realidad de los bajos fondos.

19 DE FEBRERO, MIÉRCOLES, A LAS 19:30 H

Invasión a Birmania. USA. 1962. 98 mins. Bélico. Dir.: Sam Fuller. Con Jeff Chandler, Ty Hardin, Peter Brown, Andrew Duggan, Will Hutchins, Claude Akins. Invasión en Birmania es la historia de un grupo de soldados que deben llevar a cabo una peligrosa misión en territorio enemigo, en territorio japonés, durante la Segunda Guerra Mundial. Un tema, si se quiere, más allá de lo tópico, nada original, pero redimido por la capacidad de un cineasta de furia, talento y concisión como es Sam Fuller, que con un reparto de serie B y no excesivos medios lleva a cabo no sólo un impecable filme de acción , sino también una reflexión sobre la conciencia de unos hombres en guerra. La película fue rodada en magníficos colores y cinemascope  y presa de una energía modélica. Con esta película y otras (Fixes bayonets!, Casco de acero o Uno rojo: división de choque), Fuller confirma ser uno de los maestros del cine bélico de todos los tiempos. Una visión atenta de todos sus filmes desmentiría muchos sambenitos (belicista, fascistoide...) que injustamente se le han colgado a éste tan excelente cineasta.

“Sobrevivir es la única gloria en la guerra”, confesaba Samuel Fuller en cierta ocasión. Hay desengaño en el cine bélico de un cineasta que había participado en la campaña de África en la Segunda Guerra Mundial y que sentía una evidente fascinación por el universo militar, recurrente en su filmografía. Influido por su condición de excombatiente, Fuller acostumbra a enfocar el conflicto desde el punto de vista individual del soldado, cuyo arrojo guerrero -de acreditarlo- puede entremezclarse también con un riguroso y desengañado escepticismo. Curiosamente, otra película ambientada en el mismo escenario y periodo que esta, Objetivo: Birmania, también escogía esta perspectiva para recrear una situación que, aunque venga exigida por la lucha contra un enemigo insoslayable, no deja de ser aterradora.

Esa antiépica del heroismo, por así decirlo, es la que también acompaña al pelotón de Invasión en Birmania en su penosa travesía por las junglas y montañas del país del sureste asiático, ocupado por las fuerzas del Imperio japonés. Desde un prólogo que recupera imágenes de las proyecciones de propaganda de la Segunda Guerra Mundial, la producción se presenta como un homenaje a este contingente de voluntarios implicados, más bien por una serie de engaños, en una hazaña bélica que, del mismo modo, también se honrará en el cierre con grabaciones de desfiles auténticos en su honor. La primera incursión parece confirmar esta intención glorificadora, pues se trata de una acción llevada a cabo de forma impecable, entre estruendosas fanfarrias y movimientos grupales que, si bien escenificados al aire libre en las Filipinas, con la participación de auténticos miembros de las fuerzas armadas, vistos hoy tampoco logran tener mayor realismo que los clásicos rodados en plató -no obstante, dentro de la continuidad de rasgos tópicos como los barrocos escorzos de los enemigos abatidos, otras ofensivas posteriores sí lograrán tener más nervio y también una puesta en escena llamativa, como ese bruscamente introducido asalto a las líneas férreas que parece tener lugar entre siniestros ataúdes, o hasta la batalla radiada, recurso que sirve igualmente para disimular la carencia de medios-. No será esta la tónica del filme. El resto del metraje se desarrollará con unos tipos al límite de la resistencia física y psicológica, o al borde del infarto, en el caso de quien los lidera.

Invasión en Birmania abunda también en la soledad -e incluso la traición- que implica el mando. El sacrificio de las decisiones en favor del bien común, del fin trascendente. De ahí procede también buena parte del drama de la función, a partir de la relación entre un general de brigada y un teniente que, en su presentación, encarnaban a un líder paternal y a un líder natural, respectivamente. Ambos son parte de una familia -en su caso prácticamente literal- que es el Ejército, punto de unión de las gentes de un país tan heterogéneo como los Estados Unidos -un concepto muy grato para otro cineasta de querencia castrense como John Ford– y, aquí, hasta de una comunidad de naciones vinculadas por la ascendencia angloparlante y por unos valores y unas libertades compartidos.

Así, los merodeadores de Merrill tratan apenas de sobrevivir en el horror. Su único deseo explícito es regresar al hogar, no caer en el pantano, conseguir dar un paso tras otro mientras sufren el miedo extremo de un mundo donde el hombre es lobo para el hombre, y camina en manadas. Hay una escena preciosa para resaltar este espíritu humanístico que Fuller imprime a Invasión en Birmania: la incontenible reacción de un exhausto sargento ante la sonrisa de un niño y una anciana. Con todo, Invasión en Birmania no deja de exponer este pesimismo en aras de, en último término, resaltar la proeza conquistada. La voz objetiva del doctor, que es la que hace un diagnóstico de la locura que contiene todo este operativo, está ahí para ser contradicha por unos hechos extraordinarios -si bien estos, en otra decisión de nuevo aparejada a pobreza de la producción, ni siquiera se mostrarán en pantalla impresos en eufóricos y enardecedores fotogramas-. Invasión en Birmania, pues, es un drama humano sobre un esfuerzo sobrehumano.

20 DE FEBRERO, JUEVES, A LAS 19:30 H

Corredor sin retorno. USA. 1963. 101 mins. Drama. Dir.: Sam Fuller. Con Peter Breck,  Constance Towers,  Gene Evans,  James Best,  Hari Rhodes,  Larry Tucker,  Philip Ahn,  William Zuckert.   Sobre texto propio, Sam Fuller produce y dirige con característica vehemencia un drama claustrofóbico: la arriesgada investigación de un periodista que, empujado por el ansia de éxito, se empeña en aclarar un caso abierto de asesinato. Fingiendo desequilibrio, se infiltra en un hospital psiquiátrico para contactar con tres testigos del crimen.

A la intriga creada por el tenso desarrollo de la investigación (dificultad de obtener datos de los testigos; simplemente, de comunicarse con ellos) se añade la creada por el riesgo de adentrarse en los terrenos de la locura: si ese riesgo acabará siendo excesivo, o no.Visualmente potente y rica, llena de planos vigorosos que se organizan con ritmo enérgico (y alguna tosquedad en el montaje: abundan los fallos de raccord), el intríngulis del argumento pasa, sin embargo, por el juego de las voces. En la película, la enfermedad mental se manifiesta como multiplicación y descontrol de esas voces, voces que se adueñan de un sujeto y, como vienen, se van, dejándolo a merced de otras que lo ocupan y tiranizan.En el psiquiátrico, las conciencias tienen voz intermitente. Cuando se eclipsan, manda el griterío, el cántico compulsivo, el monólogo delirante. En ese fracturado coro resuenan el discurso racista, la soflama patriótica, el fanatismo de la investigación nuclear armamentista.

Fuller denuncia lo patológico de estas fuerzas. En medio de ese vaivén de voces, el periodista busca las que atestiguan el crimen. Su propia voz, a cuyo diálogo interno el espectador tiene acceso, es sometida a una tensión perturbadora, pudiendo inhibirse y hundirse en la afasia cuando más falta hace su clara articulación.Fuller ingenia recursos: superpuesta como pequeña hada, en el insomnio del periodista se aparece la imagen de su mujer, que le habla y canta. Y en notable gesto vanguardista, el director inserta fragmentos documentales en color, ilustrando determinados raptos de lucidez en medio de la oscura demencia.Hay buena psicología en el guión*, pero la parte psiquiátrica se elabora mediante rápidas pinceladas terminológicas y unos retratos de Freud y Jung en la pared.  Con cierto paroxismo, se despliegan peleas de ‘saloon’: series de puñetazos de largo recorrido, con derribo de mobiliario. Fuller se vacía apasionadamente en la creación de la película; con sus virtudes y defectos, pero en todo caso dotándola de vibrante autenticidad. Incluso transfiere algún detalle autobiográfico al protagonista: el ingreso en un gran periódico como botones, siendo un chaval de 13 ó 14 años, para emprender carrera de reportero.

26 DE FEBRERO, MIÉRCOLES, A LAS 19:30 H

The naked kiss. Una luz en el hampa. USA. 1964. Negro. 90 mins. Dir.: Sam Fuller. Con  Constance Towers,  Anthony Eisley,  Michael Dante,  Virginia Grey,  Patsy Kelly,  Bill Sampson,  Marie Devereux,  Karen Conrad,  Linda Francis,  Sheila Mintz. Fuller es quizás el gran realizador de la serie b norteamericana con permiso del ínclito Nicholas Ray, con quien compartía la admiración que hacia ellos sentía gran parte de la nouvelle vague, especialmente Godard. Sin embargo, mientras Ray es considerado un grandísimo director, Fuller queda relegado siempre a un segundo plano debido a su irregularidad, tan demostrable como su absoluta genialidad en determinadas películas en las que lograba dejar una impronta imborrable, con un sello que le hacían único. Se encargó de renovar el cine negro de bajo presupuesto, en brillantes cintas como Manos peligrosas o Casa de bambú, o el western, puesto que aquí estuvo antes que los Daves, Helman, Peckinpah o Leone, destacando la interesante Forty Guns, un western que podríamos llamar de corte europeo que anticipaba en determinados momentos al spaguetti western con una puesta en escena que mezclaba clasicismo y una rabiosa modernidad a partes iguales. Es quizás lo que acontece en The naked kiss, una mirada diferente al género policíaco, realizando una película propia de los 40 y 50 en los años 60, modificando muchas de las reglas propias del género, y experimentando formal y argumentalmente para dar como resultado una de las películas híbridas más inquietantes, surrealistas y delirantes que nos ha brindado la historia del cine, que marcaba un paso a la modernidad cinematográfica siendo una de las primeras cintas norteamericanas marcadas por Godard, puesto que Fuller se transmutaba en el realizador francés y conseguía dilatar el tiempo en largas escenas de diálogos arbitrarios con un sutil y elegante uso de la cámara, convirtiéndola en una de las películas más europeas que el cine norteamericano ha tenido nunca.  Nos hallamos ante una visión totalmente diferente acerca del cine negro americano y de la población del país, así como de los temas que se pueden tratar en el cine americano, convirtiendo esta cinta en una galería de personajes variopintos que van desde una honrada puta feminista con alma de buena samaritana con ciertas reminiscencias de la Marnie de Hitchcock, a un policia putero y un rico hacendado que, bajo esa fachada de perfección, oculta una de las mentes más perversas y enfermas del cine, convirtiendo la cinta en un cúmulo de freaks y anormales. El personaje de Kelly aparece en un arranque sencillamente antológico donde Fuller saca a pasear ese esteta que lleva dentro y que será en esta película quien lleve la voz cantante por encima del gran narrador que también era. A raíz de aquí, Fuller despedaza a la sociedad norteamericana más puritana mostrando la llegada de una prostituta a un nido de víboras que, si bien la acepta, es cuando conocen su pasado cuando todos los pretendidamente normales la aceptan.