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CICA

CENTRO DE INTERPRETACION DEL CINE DE ASTURIAS

Más allá de las pantallas, la magia del cine ocupa un lugar privilegiado en el Casino de Asturias. Espacios dedicados a la historia de nuestro cine, con exposiciones permanentes y temporales, mediateca,zona de proyección, sala de conferencias y, por supuesto,un atractivo programa de actividades relacionadas con el séptimo arte.

 

2 DE MAYO, JUEVES, A LAS 17.30 Y 20.00 HORAS

Viudas. EEUU. 2018. 124 mins. Dir.: Steve McQueen. Con Viola Davis, Michelle Rodriguez, Eliszabeth Debicki, Cynthia Erivo, Colin Farrel, Daniel Kaluuya, Jacki Weaver, Robert Duval, Liam Neeson. Las polisemias son caprichosas y ligeramente absurdas, pero dan pistas. Que un director como Steve McQueen se llame como se llama obliga cuanto menos a una sonrisa. Siempre. Y todo por culpa de un desconcierto que acaba por infectar su cine. Así, Viudas es básicamente un thriller levantado sobre los planos de un supuesto robo perfecto; pero lo más importante, decíamos, es polisémico. La película cuenta la historia de cuatro mujeres que, de repente, han de tomar el puesto de sus maridos.  Lo que sigue es lo exigible en estos casos: un poco de fiebre y un bonito laberinto en el que quizá perderse. 

3 DE MAYO, VIERNES, A LAS 17.30 Y 20.00 HORAS

Aniquilación. EEUU. 2018. 110 mins. Dir.: Alex Garland. Con Natalie Portman, Oscar Isaac, Jennifer Jason-Leigh, Tessa Thomson, Tina Novotny. ¿Cuál es el futuro para las películas de cierta envergadura presupuestaria y también filosófica? El caso de 'Aniquilación' hace que parezca incierto, por no decir imposible. Hace unos meses, Paramount se quitó de encima el trabajo de estrenar el filme de Alex Garland fuera de Norteamérica (y el potente mercado chino) cediendo los derechos internacionales a Netflix.

6 DE MAYO, LUNES, A LAS 17.30 Y 20.00 HORAS

Tucker. Un hombre y un sueño. EEUU. 1988. Dir.: Francis Ford Coppola. Con Jeff Bridges, Joan Allen, Martin Landau, Frederic Forrest, Dean Stockwell, Mako, Elias Koteas, Lloyd Bridges, Christian Slater.  Respaldado económicamente por su camarada George Lucas, Coppola mostró la cara más amarga del mítico sueño americano con la epopeya financiera de Preston Tucker, un visionario fabricante de automóviles, que, en 1945, contemplaba como las grandes compañías de Detroit boicoteaban un modelo absolutamente revolucionario, lleno de adelantos en materia de seguridad y otras ventajas para el consumidor, que él mismo había proyectado y construido. Sin obviar el evidente paralelismo entre el utópico personaje y el propio realizador en lo referente al temerario afán megalomaníaco por competir con sus estudios Zoetrope contra la poderosa industria hollywoodiense, nos hallamos ante un luminoso canto a la creatividad, al coraje y al espíritu emprendedor, desarrollado con una vitalidad estilística fuera de lo común y dotado de un insuperable atractivo formal, donde la iluminación de Storaro y el vestuario de Milena Canonero brillaban de manera especial. A pesar de todas sus virtudes, incluida una perfecta dirección de actores (inolvidable Landau) y una bellísima bso de Joe Jackson, supuso un contundente fracaso comercial.

7 DE MAYO, MARTES, LAS 17.30 Y 20.00 HORAS

Los cautivos. EEUU. 1954. Dir:: Budd Boetticher.  Con Randolph Scott, Burt Kennedy y Maureen O´Soullivan, De todos los westerns realizados en la década de los 50, entre algunas de las joyas realizadas en el género, y prácticamente conocidas por todos, hay un pequeño grupo de siete películas dirigidas por Budd Boetticher. Fue éste un realizador poco conocido tanto entonces como ahora o mejor habría que decir que fue poco reconocido. Sólo el paso inexorable del tiempo pone las cosas en su sitio, y aunque para la mayoría de los espectadores su nombre no les diga, el lugar de Boetticher en el transcurso de la historia es innegable. Al lado del actor Randolph Scott, que ejerció tareas de productor en alguna ocasión, realizó esas siete películas, algunas de las cuales influyeron poderosamente en el género. No todas tuvieron una calidad superior, pero en el caso que nos ocupa estamos hablando de un gran film. Un western, con una historia pequeña, contando cosas grandes, y con una violencia inusitada, casi insoportable. 

8 DE MAYO, MIÉRCOLES, A LAS 17.30 Y 20.00 HORAS

La noche del cazador.EEUU. 1955. Dir.: Charles Laughton. Con Robert Mitchum, Billy Chapin, Sally Jane Bruce, Liliian Gish y Sheley Winters. Son muchos los actores que han acabado sentándose en la silla reservada para el director a lo largo de los más de cien años de historia del séptimo arte. Como era de esperar, hay películas de todas las calidades y para todos los gustos entre ellas, pero son muy pocas las ocasiones en las que hay que lamentar que un actor solamente llegase a rodar una película y una de ellas es el caso de Charles Laughton y 'La noche del cazador' ('The Night of the Hunter'). Laughton era un actor muy respetado cuando decidió llevar a la gran pantalla la novela homónima de Davis Grubb publicada en 1953. Optó por hacer una película a su gusto, sin pensar en si el público y la crítica de la época estaban preparados para valorar sus virtudes. No fue el caso y eso impidió que volviese a dirigir cinta alguna, una lástima, ya que 'La noche del cazador' es una película excelente y, sobre todo, muy singular. Siendo justos, podríamos decir que 'La noche del cazador' está forjada en su práctica totalidad como si fuera una pesadilla infantil, tanto por los temas que aborda como por la peculiar y esmerada puesta en escena desplegada por Laughton. Sin embargo, considero que hay dos mitades claramente diferenciadas, la primera de un corte más realista y la segunda cuando la película abraza abiertamente el poder ser vista como un cuento de hadas. Una de las claves para hacer esta distinción es la forma de presentar a Harry Powell, uno de los asesinos más carismáticos de la historia del séptimo arte. 

10 DE MAYO, VIERNES, A LAS 17.30 Y 20.00 HORAS

Hatari. 1961. EEUU. 151 mins. DIr: Howard HAwks. Con John Wayne, Elisa Martineli, Hardy Krüger, Red Buttons, Gerard Blain. Si la analizamos detenidamente, la legendaria carrera de Howard Hawks (1896-1977) no es tan dilatada en títulos como en el caso de otros maestros contemporáneos suyos. Es decir, en comparación con la filmografía de cualquier director prolífico de la actualidad, sí fue fecunda, pero no si tenemos cuenta que en los años treinta y cuarenta los sistemas de producción de Hollywood permitían a un cineasta de renombre filmar dos o tres películas en un año. Durante los años treinta, aún sin estar bajo contrato de ningún estudio, o quizá precisamente por ello, filmó nada menos que trece largometrajes, más tres sin acreditar. En los años cuarenta, nueve largos, más dos dos sin acreditar. Y en los años cincuenta siete. Aún así no da la sensación de que su genio creativo se fuera apagando con el tiempo, sino que en una sola película contaba lo que antes en tres, y que depuraba su estilo con pasos de gigante. Hoy vamos a hablar de la primera de las cuatro que hizo en los sesenta, y probablemente la película mas libre y más eufórica de toda su impresionante trayectoria.

15 DE MAYO, MIÉRCOLES, A LAS 19.30 HORAS

Presentación del ensayo Ceniza a las cenizas. David Bowie: la revolución visual de la cultura pop de Víctor Guillot y Rubén Paniceres con la participación de Ricardo Menéndez Salmón 

Un mensaje del hombre de acción

Mario Cuenca Sandoval

Tenemos un mensaje del hombre de acción: “Soy feliz y espero que ustedes lo sean también”. La señal ha necesitado tres años para alcanzar la Tierra. Porque ¿quién lo diría? han pasado tres años desde la muerte de la estrella. Aunque tal vez David Bowie no falleciera en 2016. Tal vez protagonizara una última metamorfosis, aquella en la que devino Lázaro, el resucitado bíblico, el hombre con botones en los ojos que significó la postrera y genial máscara de un artista inclasificable. ¿Habrá que invocar aquí a Nietzsche, y aquella célebre máxima según la cual “todo lo que es profundo ama la máscara”?

Tres días antes de su fallecimiento, en el que sería su último videoclip, Lazarus, Bowie nos brindaba la visión de su carne envejecida y demacrada por el cáncer, el cabello sin teñir, las arrugas en primerísimo plano, es decir, el profundo desvalimiento en que todos nacemos y morimos. Durante los años setenta, el camaleónico artista había pasado de un avatar al siguiente en el empeño de convertirse en algo más que humano, en un superhombre, como él mismo declaró en una entrevista a The Guardian, hasta convertirse simplemente en David Bowie, si es que cabe establecer en qué consiste la identidad del mutante. Como escribió el filósofo Simon Critchley, incluso su muerte fue una obra de arte, un acta de validación de toda su estética.

Pero incluso aquel definitivo avatar, en que la estrella de Brixton se disfrazaba del individuo vulnerable y mortal que siempre, formaba parte de una permanente reivindicación de sí que nos convenció a todos, ingenuos, de que Bowie era inmortal, indestructible. Muerte y renovación. Constante muda de piel: Ziggy Stardust, el rayo que atraviesa el rostro de Aladdin Sane, la elegancia filonazi del Delgado Duque Blanco... El genio polimorfo de Bowie, increíblemente receptivo a las líneas de fuerza de la cultura de su tiempo, hizo bueno una y otra vez el aserto rimbaudiano según el cual “yo es otro”, y lo hizo bebiendo de numerosas fuentes teóricas, absorbiendo un amplio repertorio de influencias literarias, cinematográficas, artísticas y teatrales, y acrisolándolas en una de las obras más personales e indescifrables de la cultura popular, lo cual, de por sí, presenta un interesante paradoja: cómo pudo ser tan célebre un artista de temperamento tan huidizo, que mudó de piel en piel sin ocultar jamás los restos de la mudanza, como ocurría en el clip de su canción Black Star, incluida en su álbum homónimo, el último, donde Bowie nos mostraba el cadáver del Mayor Tom de su Space Oddity como un piel de serpiente abandonada.

El hilo conductor de todos estos avatares sucesivos tal vez no sea más que el cuerpo, la peculiar presencia física del genio de Brixton, la anacoria de su mirada, la piel pálida y la combinación de fragilidad y elegancia de su talle. Pero el cuerpo ¿no es también, siempre, un enigma? Rubén Paniceres y Víctor Guillot Monroy se han propuesto en este volumen la proeza de trazar la genealogía emocional e intelectual de una de las presencias más fascinantes del último medio siglo, embate del que salen más que airosos presentando la proteica personalidad del artista en el contexto material e ideológico del tiempo en que le tocó vivir, el nuestro, o, dicho de otro modo: entender las últimas cinco décadas a partir de la figura de Bowie y entender a Bowie a la luz de las últimas cinco décadas.

Los autores de esta exhaustiva genealogía han seguido el hilo de Ariadna de su personalidad a través de las sucesivas máscaras en sus canciones, películas y videoclips, desentrañando la red de asimilaciones culturales que espolearon sus continuos gestos artísticos, desde Artaud hasta Foucault, y enlazándolo con otros creadores tan personales como David Lynch o Lindsay Kemp. Hermosa empresa en la que, estoy seguro, habrán sufrido y disfrutado a partes iguales, pues el genio huidizo de Bowie se retiró del escenario en el ya mencionado postrero clip de Lazarus cerrando tras de sí la puerta de un armario-tumba, y sellando de este modo el misterio en que consistió su vida y su obra. anal